07/06/2009

Síntomas pre-invierno

Hace tiempo que no tengo con quien compartir mis cigarros
Me he convertido en una mujer de sopas para uno y besos para nadie
El sonido del piano me inunda de afilada nostalgia
O la nostalgia hace que me afile al son del piano
El frío congeló lo único cálido que me iba quedando
Y el aire hizo un cordón de pelusas para asfixiarme
Mudez voluntaria desde la época de primera comunión:
Molestia no planeada que pesa de toneladas un millón
Debo buscar la manera de enfrentar la re ¡atchú!
Enfrentarme con la reali ¡atchú!... realidad.
Síntomas pre-invierno, tal vez necesite
Próximamente: cita con el sicóloco

02/06/2009

Monólogo de un soñador frustrado

Hoy día me puse a soñar altísimo por el escenario, avanzando con los ojos cerrados no me tropecé en ningún momento. Iba bien, me veía feliz. Comía manzanas al desayuno, al almuerzo y a la cena, me bañaba todos los días (tenía jabón dove, también shampoo y acondicionador), en la cocina había leche y quacker, en mi pieza libros, discos, películas, pañuelos y aros, además una camita cómoda con un cobertor rojo pasión y una alfombra peluda blanca que cobijaba un cuerpo varonil, peludo y moreno.



A las 13:00 horas de cada día movía mis pies desnudos sobre el piso crujiente de madera en la dirección que las hojas sostenidas por mi mano derecha ordenaban. Y también hablaba, ¡fuerte!, casi gritando, imponente. Espalda y mentón erguidos, clavículas bordadas bajo la piel. Pero lo mejor era ver esos ojos que nunca antes me había visto, grandes y brillantes, parecían bola 8, y se reían incluso cuando el papel me pedía llorar, incluso cuando el texto se me olvidaba y tenía que retomar la lectura. No importaba cuantas veces me equivocaba, ni lo tedioso de caracterizar al personaje desde mis profundidades y rincones, porque verdaderamente nada era tedioso ni desagradable al quitarme el pijama tímido, vergonzoso y callado, no, ¡eso era la vida!…


… ¡Ay! Y ahí estaba yo, seguía caminando por el escenario, gozando de mi seudo sueño premonitorio, cuando choqué con el cuerno de un disfraz de unicornio que usaba el antagonista de la obra. Me había atravesado el alma, pero cuando lo supe, ya no era hoy, era pasado a mañana y en un aula, pidiendo silencio para pasar la lista, con la cartera llena de platita, la espalda curva y dos cuescos de aceituna como ojos.